lunes, 10 de enero de 2011

Fin del 2010 con Nada del amor me produce envidia

Cuando algo me gusta me quedo varada en el tiempo, como si me quedara congelada frente al momento del contacto. Uso el verbo gustar porque me remite a la infancia, a la fiebre y conmoción de no poder entender los sentimientos.
Dicen los maestros que se aprende más viendo un mal espectáculo que viendo uno bueno. Esta vez, por lo menos a mi, se me quebró la regla.
Fui a ver Nada del amor me produce envida por segunda vez. Qué preciosura. No sé si fueron los detalles de sus dedos que me cocían la cabeza, si fue su boca, o la luz del comienzo en sus pies, si fue el texto (¡uf!) que me hacía navegar en una película jamás filmada de las mejores obras de Puig o Cortazar, o no sé más porque no puedo elegir y poner toda la obra. Tal vez me pasó lo mismo que a ella y lo extraordinario se instaló y me varó. La primera vez que la había visto estaba sumergida en un desamor y salí de la obra con la cara cual boxeadora por tanto llorar. Quise escribir y no pude. Ahora enamorada, todo fluyó de otra manera. Lloré un poquito, pero no me maraville (ni un poquito) menos que la otra vez.
Fueron varios días tratando de digerir conclusiones, porque estaba segura de que viendo esa obra había aprendido seguramente más que con todas las mierdas juntas que vi en teatro. Quiero escribir sobre esto, quizás porque estoy cansada de que me digan que no me gusta nada. Me parece injusto.
Me tomé unas vacaciones y mientras caminaba entre árboles altísimos las imágenes me flotaban por encima del cráneo y se mezclaban con la realidad. Venía pensando en la obra cuando de repente unos pájaros gigantes me volaron la cabeza. Otra vez varada, muy agradecida al factor sorpresa, casi me pongo a llorar. La fuerza tan inmensa que tenían esos pájaros me disparó una idea. Claro: La imaginación = ficción es parte (no menor) de la realidad que construimos. No son lo mismo, pero juntas hacen la totalidad. Y ahí no más, se me cayó la dicotomía. Entendí que la mayoría de conceptos que en general se usan para analizar el teatro (sobre todo los que se escuchan después de ver una función y más aún si uno se encuentra rodeado de teatristas) no me sirven, no me dejan investigar. No sirve de nada pensar en si le creí o no a la actriz, si la obra es demasiado realista o es absurda, si lo que se quiere contar me interesa, si hacen todos lo mismo, etc, etc. Esa no sería la cuestión diría Hamlet.
El teatro, en todo caso, busca el riesgo y el desafío de hacer algo vivo. No importa de qué teatro se trate sino de que imprima estética. De qué cada elemento puesto en escena construya un universo tan real que solo pueda ser ficción. Y digo busca, el teatro busca, porque siempre intuí que no debíamos pedirle nada al teatro, sino darle para que haga. Para que busque.
Qué feliz me sentí después de pensar estas cosas de manera tan fugaz e ingenua. Me había olvidado (y ella lo advirtió) que lo extraordinario se instala, abre puertas y sobre todo es una decisión. Ahora solo espero poder ser una de las personas que deciden acatar lo que el teatro propone por si solo.
Ni bien termino de escribir esto, se me viene uno de los autores que más me han hecho vivir lo extraordinario, entonces, a modo de regalo lo cito. Felisberto Hernández en su Explicación falsa de mis cuentos, dice así:

“Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Esto me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa... En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y a ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidad propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada. Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda.”
¡Mi conciencia agradece estos cuentos y estas obras de teatro! me encanta que las cosas me gusten ¡Salud, a Nada del amor me produce envidia!

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