jueves, 27 de enero de 2011

Piscodrama darling

Una vez, en una nota que me hicieron le cortaron el pelo a lo que dije. Quedó corto y desprolijo. Esa supuesta entrevistada, dice que hay demasiado teatro en Buenos Aires y que eso quita calidad a la larga, que se hace por hacer. Nada más... todo menos explicarlo. Simple, así, me dejaron sin ondas la cabellera. Tirana de mi misma puede ser, pero de todo el mundo… eso no.
En la próxima entrevista me voy a aprender de memoria ésto para decirlo una y otra vez: Que hagan lo que quieran, que digan lo que quieran (a lo Natalia Oreiro en su bella canción), todo el mundo es libre de poner en escena lo que se le cante. Pueden hacer una preciosa obra o una mierda, da igual. Es más, si quieren, hagan quince obras al mismo tiempo, todas iguales, en distintos teatros.
Ese es el problema de las entrevistas, no son ni personales ni generales. Las personas son productos que venden intimidad o teorías. Y para mi una teoría, una hipótesis sobre el teatro de buenos aires, que no se explica desde la experiencia, la investigación, el recorrido, se vuelve general y estúpida, banal y autoritaria.
Sí, hay mucho teatro. Quizás demasiado. La idea no puede ser hacer menos, claro que no. De todos modos yo no tengo poder sobre la gente. Si digo “Che, hagan menos teatro que es muy malo lo que hacen” posando en tanga o con cara de seria, en una nota de espectáculos, no creo que nadie me haga caso. Quizás tendría que probar volverme un gigante y amenazar con pisar todos los teatros.
Hay muchos directores que hacen entrevistas dando sus teorías,pero si queremos creer lo que dice el papel es problema nuestro. Desde dónde leemos, si juzgando o aceptando así no más, también es problema nuestro. Calavera no chilla.
Pareciera que si uno juzga lo que hacen los demás es poco democrático (excepto si uno tiene la firma de un diario que lo autoriza a destruir o elevar una obra, ésos son todos útiles, los queremos.) Poco democrático es otra cosa, en todo caso el tirano es quién no deja que la gente diga cosas "poco aceptables". Lo democrático sería ser tolerantes y poder leer con buenas intenciones. Poder presenciar un espectáculo con el cariño de quién ha trabajado y con el derecho a disgustarse frente a quién no trabaja. Si uno le dice a un amigo que su obra no esta buena, el vínculo se destruye prácticamente. Si uno le miente, queda todo “igual”.

¿Qué pasa que nos tomamos todo tan enserio? ¿No será ese el problema? No se puede jugar sobre lo que se piensa. Yo creo que es mejor ir, venir, cambiar de opinión. Hacer crecer la cabeza, dejar que los pensamientos tengan el pelo largo. Basta de yo soy mi obra, no lo aguanto. Propongo un 2011 repleto de teatro, respeto, amor y agrados/desagrados artísticos. Brindemos con Piscodrama a ver si aflojamos la locura.

miércoles, 26 de enero de 2011

M a r t a 2011

Presa de la producción

Un hombre con un sombrero que se parece a Morrisey, tiene los ojos amarillos. Un gordo que llora por ser gordo, en un bar, y termina bailando una canción que pasan en la radio para estar mejor o porque se volvió loco. Una señora con un niño que pertenecen a otro mundo y charlan de nuestro mundo. Y así… todas las ideas que surgen o empujo para que surjan tienen la presión de ser historias. Mi imaginación esta presa de la producción. Estoy siendo una tirana. Voy a probar no escribir nada por 120 días.

sábado, 22 de enero de 2011

Estilos de dirección, según wikipedia

Lo único que voy a aclarar es que pienso imprimirlo y llevarlo en mi agenda, para
que me recuerde siempre qué tipo directora puedo ser. Les recomiendo que hagan lo mismo


"El director de teatro es el conductor en el campo teatral que supervisa y orquesta el montaje de una obra, unificando criterios y conductas de variados esfuerzos y aspectos de la producción.

La función del director es asegurar la calidad y realización del producto teatral. El director trabaja con individuos y con su otro staff, coordinando investigación, tramoya, diseño de ropa, prop, iluminación, actuación, diseño del set, diseño del sonido para la producción. El director puede también trabajar con el dramaturgo mientras se avanza. En el teatro contemporáneo, el director suele ser el visionario, tomando decisiones de los conceptos artísticos e interpretativos del texto.

Diferentes directores han ocupado distintos planos de autoridad y de responsabilidad, dependiendo de la estructura y filosofía de las compañías de teatro. Los directores utilizan una gran variedad de técnicas, filosofías, y niveles de colaboración.

El director, en posición para sí y para los otros, es algo relativamente innovador en la historia del teatro, con los primeros modelos a fines de 1800s, haciéndose cada vez más popular a principios del siglo XX. Antes de esto, los actores o los dramaturgos eran responsables de la presentación de la pieza, y coordinaban los esfuerzos. En cambio, aunque algunas producciones y grupos aún operan sin un director, éste es considerado una figura vital en la creación de una presentación teatral.

Hasta la puesta en escena (con premieres antes de las audiencias regulares), el director de teatro es generalmente considerado el máximo responsable. Luego, aparece el mánager de escenario, que se pone a cargo de todas las cuestiones esenciales.

El término francés regisseur es a veces usado para abarcar al mánager de escenario, aunque esto es más común en ballet.
[editar] Estilos de dirección

La dirección es la forma artística que crece con el desarrollo de la teoría y la práctica teatral. En su habla, modismos y mímica, el director adopta un estilo de dirección que cae dentro de una o más de las siguientes categorías:

El dictador

En este estilo de dirección, el director asume un rol muy fuerte y dominante en el proceso de creación del trabajo teatral. Los cambios, negociaciones, son más o menos completamente controladas y predictibles, con los actores casi sin voz ni voto.

El negociador

El negociador es un estilo de dirección en donde el director pone el foco en más improvisación y formas de reelaboración y creación, usando las ideas del grupo de producción y de actores para modelar un trabajo teatral cerca de un estilo democrático.

El artista creativo
El director ve consigo mismo o con otros el trabajo creativo artístico con los 'materiales' de la creatividad dramática, junto con actores, diseñadores y equipo de producción. El "artista creativo" desea trabajo de génesis por los actores pero, como artista, tiene la palabra final sobre qué se incluye y como las diferentes ideas son incorporadas.

El confrontador
En este estilo de dirección, el director está en constante diálogo y debate con el elenco y con el grupo de producción acerca de las decisiones creativas e interpretativas. El director busca, contrasta y evalúa en esas situaciones de intercambio. Fuera de ese lugar, donde a veces hay rispideces, se conforma el producto final confrontado.

Muchos directores contemporáneos usan una amalgama creativa de estilos, dependiendo del género del trabajo teatral, la naturaleza del proyecto y el tipo de elenco."

jueves, 13 de enero de 2011

120 días

Juliana, seguro. Directora, no sé. En realidad podría ser Juliana escritora pero no me gusta la idea de dejar de ser lectora. No sé de dónde saco yo, que los escritores “no leen”. Es una arbitrariedad que me permito pensar. En realidad el punto es que dirigir pertenece a otro rubro donde se puede jugar. (Sigo siendo arbitraria.) Un lugar de participación sobre lo escrito, más mejor, más de la magia. Donde se agarra lo escrito y se lo hace un bollito y después se estira el papel y se lo pinta. Pero Che! Tendría que ser más bien… dramaturga.

No lo asumo. Antes de poder darme cuenta de que estaba escribiendo ya había escrito. No sé si se entiende, pero no importa.

Hoy leía en el subte y no podía dejar de mirar a la pareja de ciegos cantores de la línea B, de pensar en el placer que me daba leer, y seguía pasando las páginas, y seguía sin leer, todo, por las ganas de escribir. Era un diálogo. Yo repasaba en mi cabeza las cosas que se me ocurrían y repasaba las páginas que había leído porque todo era tan fugaz que había perdido el hilo. Como si el autor me dijera: dale, nena. Si yo escribí esto, vos podrás escribir aquello. Y me conquistaba, más leía más ganas de escribir me daban. Un viaje en subte productivo, se podría decir.

Entonces. No, no me gusta empezar con entonces. Ayer mi amigo Dalmiro me decía: “ayy che, no me acuerdo ahora quién lo dice, pero hay un escritor que tiene la teoría de que si escribís todo los días al menos un ratito, durante 120 días, seguro sale algo bueno. Pero no podés dejar de escribir ni un solo día. Si no lo haces, volvés a empezar de cero”. Ja, y habrá que probar, dije yo. Pero no me refería a que yo fuera a hacerlo. Cuando me acosté anoche se me vino eso a la cabeza. Pensé varias cosas. Por un lado, sinceramente, no creo que pueda escribir todos los días y me molestaría mucho, que por no poder hacerlo un día se me castigue de tal manera que tenga que empezar de cero. Además no podría empezar de cero porque haría trampa seguro y no me siento lo suficientemente tirana de mí misma como para custodiar mi penitencia. Por otro lado, yo creo que no necesariamente vaya a salir algo bueno. Puede ser, pero no creo que en todos los casos. En el mío por ejemplo serían 120 días de ansiedad. Qué loca que estoy, ahora me doy cuenta de que 120 días no es tanto. Me sonaba a un año. Jaja. Son… cuatro meses. Quizás acaba de perder sentido todo lo que dije. O no. 4 meses pueden dar algo bueno, seguramente, pero no sé si en todos los casos.

Y sí, estoy enojada con el hecho de que para escribir haya que sentarse. Hay que darle horas al culo y corregir. Me tiene harta esto. Qué 120 días ni 120 días che, a vos, al escritor le digo. Ya veo que mañana Dalmiro se acuerda y me dice: lo dijo Borges. Y bueno Borges, yo que sé, perdón, yo quiero que me salga algo ahora, sin esfuerzo, sin planearlo, sin esperar 120 días.

miércoles, 12 de enero de 2011

Regalo para el 2011

Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Esto me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y a ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidad propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.

Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuento, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda.

Felisberto Hernández. Exlicación falsa de mis cuentos.